Despejar dudas

Al iniciar su gobierno, Andrés Manuel Lopez Obrador, dijo que el desarrollo del proceso histórico de México se continuaría con la llamada 4a Transformación.

Por lo que sabemos, las principales características de la 4a Transformación son, la lucha contra la corrupción; la austeridad en todos los niveles de gobierno disminuyendo los salarios ofensivos de los altos funcionarios porque, según el Presidente, “no debe haber un gobierno rico y un pueblo pobre”. Otra de las características es que se prohíbe el lujo en todas las actividades de la administración federal para borrar de tajo las huellas de ostentación y riqueza de los gobiernos anteriores, incluyendo la desaparición de instituciones como el Estado Mayor Presidencial; la clausura de la residencia oficial de Los Pinos para convertirla en museo y parque de recreación popular; la venta del avión presidencial y usar aeronaves de líneas comerciales; más un constante denuesto contra todo lo anterior, rematado por un amenazador ¡Todo eso se acabó!

El “duro y dale” de cada mañana; la actitud de desprecio constante del gobernante, son excesos que día a día son devorados por el odio y la venganza más que por los buenos propósitos de campaña prometidos insistentemente.

Y sucedió, que de repente la tragedia apareció sacudiendo con fuerza el espíritu de la 4a Transformación. Tragedia que sobresaltó las conciencias de seguidores y opositores y ahondando más la división profunda que vive la nación.

El accidente, la tragedia, la falla técnica, el error humano, la mala fortuna, la posibilidad de un crimen perpetrado desde las más oscuras cañerías políticas, son especulaciones, comentarios, sospechas que, sin duda, han impactado con fuerza la imagen puritana del Presidente y del gobierno que representa, y no cesarán en tanto no se aclare a fondo lo que hoy es oscuro y sospechoso.

Al infortunio ocurrido en Puebla le han seguido tropiezos oficiales que transparentan el nerviosismo que priva en las esferas partidistas y de gobierno las cuales no atan ni desatan, como fue el caso de la ausencia del presidente, Lopez Obrador, en los funerales de la gobernadora Martha Érika Alonso, del senador Rafael Moreno Valle, del secretario particular, Hector Baltazar, y de los pilotos del helicóptero, Roberto Coppe Obregón y Marco Antonio Tavera; esgrimiendo que no era prudente asistir a Puebla debido a que se había creado un ambiente fascista y mezquino y que lo mejor era no hacerles el juego.

Como antecedente de lo que un gobernante debe hacer en casos similares al ocurrido en Puebla; vale la pena recordar aquel 17 de septiembre de 1973 cuando el mundo político y financiero se sacudió con el asesinato del personaje mas importante de la industria de Nuevo León, Eugenio Garza Sada, a manos de un grupo guerrillero.

A los funerales del industrial asistió el presidente Luis Echeverria, gobernante que resistió los desaires y malos tratos de la familia al culpar al gobierno de la hostilidad de los jóvenes guerrilleros que deseaban mostrar al mundo su repudio al neoliberalismo.

Ricardo Margáin, pronunció un critico discurso en contra del gobierno durante el sepelio de Eugenio Garza Sada, destacando las siguientes afirmaciones: “… sólo se puede actuar impunemente cuando se ha perdido el respeto a la autoridad; cuando el Estado deja de mantener el orden público; cuando no tan solo se deja libre cauce las ideologías más negativas, sino que además se les permite que cosechen frutos negativos de odio, destrucción y muerte”.

El Presidente Echeverria, estoico soportó la andanada, las críticas y las culpas que le atizaron al señalarlo como responsable de las declaraciones y discursos pronunciados en contra del sector privado sin otra finalidad que fomentar la división y el odio entre las diferentes clases sociales.

“Poner un hasta aquí […] a declaraciones oficiales injuriosas que amenazan socavar los cimientos de la patria es un deber ineludible. […] no hacerlo puede sumir a nuestro país en la más profunda de las anarquías, conducirlo por senderos de violencia y acabar con la precaria estabilidad política y económica”, agregó en su catilinaria Ricardo Margáin.

El Presidente Echeverría guardo silencio, nada de reclamos, nada de insultos y adjetivos, nada de réplicas que ofenden en momentos de luto que calan y duelen. Actuó como jefe de estado, sin lloriquear y quejarse como plañidera en un funeral.

El tiempo, no cabe duda, se encarga de colocar a cada uno en su lugar.

@luis_murat

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