Tu Pitaras

Escuche el cuentecito una noche de merienda familiar en la década de los sesentas, cuando era estudiante en CU. En esos tiempos vivía con mi familia en la calle de Campana en Mixcoac, precisamente al lado de lo que hoy es la Universidad Panamericana.  Mixcoac es una zona que conserva el ambiente de pueblo antiguo y distinguido, con iglesia frente al jardín con  antiguo quiosco, el pasaje de los arcos frente a lo que era la estación de policía, el edificio frente al jardín, donde vivíamos,  disfrutando del entorno de aquel Mexico de antaño, de iglesias, conventos, jardines y vecinos amables que recuerdo con nostalgia y afecto.

Una de nuestras amistades había tenido grandes e interesantes experiencias de vida. Personaje que colaboró de cerca  con el Presidente Alvaro Obregón, con el Presidente Emilio Portes Gil, con Aarón Saenz del que, por cierto, conservo una carta de recomendación que me hizo favor de escribirme para ingresar a la Secretaria de Relaciones Exteriores a solicitud de nuestro amigo.

Nos reuníamos algunas veces para merendar con amigos que con frecuencia nos visitaban para preparar exámenes en la Facultad de medicina como en la de Ciencias Políticas. Mi hermana, también nos visitaba con frecuencia a las tertulias y nos contaba sus primeras experiencias de casada, de estudiante de periodismo en la escuela Carlos Septien García, de sus maestros y después amistades largas como Miguel Angel Granados Chapa, Blanche Petrich y Cristina Pacheco.

Las meriendas, muy animadas, las disfrutábamos con los huevos tirados y el sabor de los chiles serranos curados con cebollas y zanahorias, aceite de oliva y orégano que mi madre procuraba, o los tamales que en las festividades no faltaban y que prepararlos en  casa era motivo de reunión con tías, hermanas de mi madre. No olvido las riquísimas teleras de la panadería La Uria situada frente al cine Manacar con las que preparábamos las deliciosas tortas de queso de puerco, toda vez que al colesterol no aparecía en nuestra cultura, salvo en la de mis hermanos que estudiaban medicina.

Entre el picor de los serranos, paladeando la merienda y la compañía de los amigos, incluyendo a la peluquera amiga queridísima de la familia que cuidaba el corte de nuestro cabello la merienda transcurría armónica, familiar y, para rematar, finaliza con alguna anecdota revolucionaria de nuestro amigo, que, por fortuna, nunca faltaba pues al escucharlo viajábamos en el tiempo imaginando aquellos momentos que sacudieron al país  que el vivió siendo un chaval.

Sin embargo, esa noche, la acostumbrada anécdota, que recuerdo con nostalgia, se refirió a un silbato pues venía al tema porque alguien que conocíamos se marchaba de vacaciones a Europa.

—Celia Treviño, fue una violinista mexicana— nos empezó a contar el cuentecillo— debutó como recitalista a los seis años y como solista a los siete. Inició estudios de violín a los cuatro años con Asuncion Sauri.

Lograda como gran violinista y fama que llegaba a varios países, reunió a su familia y amistades para comunicarles que se marchaba a Europa contratada para varios recitales. Las felicitaciones no se hicieron esperar, pero también los encargos de  las hermanas, primas, cuñadas, amistades que le decían:

— “ahora que estés en París, por favor, tráeme un perfume , ya sabes, aquí te lo pago.

—Si, claro que si.

—Celia, hermana, cuando pases por España, compra unamantilla, turrones de Toledo y, ya sabes, aquí te los pago.

—Si, claro que si. En eso estaba doña Celia, toreando los encargos, cuando se le acercó un pequeñín sobrino de ella.

Tía, por favor, te encargo que me traigas un pitito. Toma un peso para que me lo compres.

Tu pitaras, no te preocupes, tu tendrás un pitito.

Y en efecto, la anécdota cuenta que Celia Treviño no se olvidó del encargo del chaval, pues en alguna ocasión se  vio al chaval pitar su silbato.