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Juchitán, entre escombros

Miguel Angel

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A pesar de que la tierra dejó de moverse, en Juchitán la pesadilla no termina. La desesperación, el miedo y sobre todo el abandono, hacen que los juchitecos no puedan olvidar. El terremoto de 8.2 grados del pasado 7 de septiembre, dejó en ellos una marca eterna.

Apenas entrando a la ciudad, se hace la pregunta obligada: ¿Cómo va la reconstrucción? “Hum, con los escombros no se puede ni circular, la presidenta no hace nada”.  Los restos de las viviendas permanecen en las calles, arrumbadas, estorbando el tránsito en una ciudad de por sí caótica.

Las casas abandonadas poco a poco van cediendo ante la basura. Los que se quedaron, intentan sobrevivir con lo que tienen; unas láminas, un pedazo de cartón o plástico sirven como material de construcción.

Poco a poco, las lágrimas por los muertos se han ido acabando, sólo quedan los recuerdos; “perdí a mi esposo”, dice con la mirada perdida una anciana; “mis tíos ya estaban grandes y ya no pudieron salir”, señala un vecino de la Cuarta Sección.

Dentro de las estadísticas del censo que maneja la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), Juchitán de Zaragoza es el municipio más afectado en cuanto a viviendas se refiere, con 15 mil 87 casas con daños.

La familia de Juan Vicente vive en una choza de lámina, cartón y plástico. FOTO: Emilio Morales

Con daño parcial se contabilizaron 7 mil 613 casas y con pérdida total fueron 7 mil 474. No existen datos oficiales respectos a cuántas han sido reconstruidas; sin embargo, ni siquiera los escombros han sido retirados de las calles.

Muchos de los damnificados recibieron apoyos, pero nadie tuvo capacitación para utilizarlos. Todas las autoridades, los políticos que viven de la desgracia ajena se fueron, «huyeron como lo hacen siempre», dicen.

Pobreza, desgracia y abandono gubernamental

Rosa vive en la calle Reforma de la Cuarta Sección; para construir su casa tardó cerca de 40 años, pues su marido es campesino y los ingresos que perciben son muy bajos. “Se cayó la casa, me lastimé mi pie, mi hijo se quebró la cabeza, pero así logramos salir”.

Ahora vive en una improvisada casa de lámina, sin muros. “Estamos viviendo aquí afuera, no tenemos casa, no tenemos nada”. De su antigua morada sólo quedan los pisos. “Una señora nos apoyó para que compráramos láminas, pues en las lluvias nos mojamos, vivíamos afuera”.

A pesar de que recibieron los apoyos gubernamentales, no ha comenzado la obra de su nueva casa, pues no hay albañiles y a los que encuentran cobran muy caro; “me dieron 30 mil pesos de dinero y 90 mil pesos de materiales, pero no es suficiente. Un albañil, para hacer un cuarto, nos cobra 40 mil pesos”.

De las antiguas viviendas, sólo quedan los pisos. FOTO: Emilio Morales

Sin lágrimas; sólo necesidad

Guadalupe no estaba en su casa cuando sucedió el terremoto; “me operaron en la Ciudad de México, pero mi esposo murió, la casa se le cayó encima. Estaba en una andadera y no pudo salir”.

Pero no fue al único familiar que perdió, tres de sus tíos también perecieron ese fatídico 7 de septiembre. Su rostro muestra el pesar, el dolor, pero sus ojos ya no pueden llorar. Vive sola, pues sus hijos se fueron por el temor. “Una de mis hijas se vino a vivir un tiempo conmigo, porque soy diabética y tengo que inyectarme insulina todos los días”.

En una de las esquinas  de su terreno construye un pequeño cuarto de no más de cuatro metros cuadrados; los muros sólo subieron un metro y la obra paró.

“Con el dinero que nos dieron construimos la mitad de un cuarto; ya me di cuenta que no va a alcanzar lo que nos dieron”, dice Guadalupe, con una evidente preocupación.

Frente a su casa los escombros permanecen, y no sólo son de ella, los vecinos corren la misma suerte; “los escombros están en la calle porque no hay apoyos, no hay nada, si apenas pudimos tirar por completo la casa”.

Lo que las autoridades no quieren ver

En una pequeña choza, construida con remiendos, ahí vive Juan Vicente, en la Octava Sección. El espacio apenas si alcanza para una cama y para las pertenencias de él y de su familia.

Maderas viejas, láminas regaladas por los vecinos, cartón,  plástico, “lo que encontremos”, son los materiales de la vivienda, si es que se le puede llamar así.

Cinco personas lo acompañan: su esposa y sus tres hijos; “cuando tembló se cayó la casita, y ahora estamos jodidos, vivimos en una choza”.

A pesar de que perdieron todo lo que tenían, sólo les dieron el apoyo parcial en el proceso de los censos; “nos dieron 15 mil pesos, porque dijeron que nuestra casa era muy pequeña”.

Vivir y morir bajo un árbol

Hernán, de 85 años de edad, fue trasladado de emergencia al hospital. Su casa, un gran árbol. FOTO: Emilio Morales

Su esposa le dio dos cachetadas para ver si reaccionaba. No lo hizo.

Hernán, quien vive en la Cuarta Sección del municipio de Juchitán, se quedó sin hogar desde el 7 de septiembre.

A sus 85 años de edad, sus fuerzas se agotan; “un anciano no tiene por qué acabar su vida así”, susurra una de sus hijas que corre para auxiliar a su padre agonizante.

Bajo la sombra de un mangal, entre plásticos que simulaban una casa, Hernán luchaba por vivir. La ambulancia llegó minutos después y fue trasladado al maltrecho hospital.

Dejó atrás la choza que en los últimos seis meses llamó hogar.