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El de Gabino Cué fue un gabinete de corruptos

Laura Díaz López

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Creyendo comenzar bien, Gabino Cué Monteagudo se echó la sal desde el día de su toma de posesión cuando muy orondo anunció: “¡No toleraré actos de corrupción! Tenemos que erradicar este mal que tanto ha dañado a nuestra sociedad”.

Obviamente que toleró e incluso fomentó la corrupción, creando un nuevo esquema al poner a Jorge el Coco Castillo a recabar el famoso diezmo a los contratistas, sin que tuviera cargo oficial alguno, así Gabino traicionó su promesa: “No permitiré funcionarios que se enriquezcan al amparo de la pobreza de la gente,  por lo que habrá una constante vigilancia y monitoreo de la función pública”.

Los matarifes de ayer son las reses en el descuartizadero de hoy, como le consta a Germán Tenorio Vasconcelos, quien en cada entrevista le echaba la culpa al anterior gobierno de todos los faltantes en su administración; ahora la Fiscalía de Oaxaca le rehace la plana y lo acusa de todo lo que antes acusaba.

Pero en su penuria no está solo, porque todo el gabinete de Gabino Cué está metido en el lodazal de la corrupción hasta el cuello y todos han huido de Oaxaca, y los que más robaron hasta del país se fueron, como el exsecretario de Administración, el Chachalaco Alberto Vargas Varela, que ahora vive en España, según sus propios familiares.

El tufo del desastre lo debieron oler y sentir el último día del gobierno de Gabino Cué cuando, confiados en los supuestos acuerdos tras bambalinas, los principales funcionarios del régimen saliente requerían a los comisionados del nuevo gobierno en las mesas de la transición invitaciones para asistir a la toma de protesta del nuevo gobernador en ¡primera fila!, junto con los hombres y mujeres del nuevo gabinete.

El 30 de noviembre supieron que no estaban invitados y no era por la desorganización del nuevo equipo que no les llegaban los sobres, sino porque estaban apestados en la vida social y política oaxaqueña; desde entonces Alberto Vargas Varela, Enrique Arnaud Viñas, Héctor González Hernández, Carlos Moreno Alcántara y Guillermo Martínez, entre otros, empezaron a preocuparse.

Entre los colaboradores de Alejandro Murat, el nuevo gobernador que tomó posesión en un estado en casi guerra civil, corría la versión de que su jefe aseguraba que no perseguiría a Gabino Cué, pero que iría a fondo en las investigaciones de las oficinas de los principales funcionarios y necesitan tener a varios en la cárcel para justificarse con el presidente Enrique Peña Nieto.

Desde ese entonces, los nuevos funcionarios decían que comenzarían por los que era público y notorio su enriquecimiento explicable: Germán Tenorio Vasconcelos, exsecretario de Salud; José Zorrilla de San Martín Diego, exsecretario de Turismo y Desarrollo Económico; Netzahualcóyotl Salvatierra, exsecretario de las Infraestructuras; Fátima García León, exdirectora general del Sistema Estatal para el Desarrollo de la Familia.

También hablaban de Moisés Robles, exdirector general del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca; Daniel Juárez López, el Carterista, exsecretario de Trabajo y Gerardo Albino González, ex coordinador general del Comité Estatal de Planeación para el Desarrollo de Oaxaca.

En ese entonces hablaban de integrar los expedientes de Alberto Vargas Varela, exsecretario de Administración; Carlos Moreno Alcántara, de Vialidad y Transporte; Enrique Arnaud Viñas, de Finanzas; Guillermo Martínez, de Camino y Aeropistas de Oaxaca; y Héctor González Hernández, encargado de Salud.

También estaban en la lista Víctor Raúl Martínez Vásquez, director del Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos del Estado de Oaxaca y los tres directores del Instituto de Bachillerato de Oaxaca, especialmente Oswaldo García Jarquín, además del exdirector del Ieepo, Bernardo Vásquez Colmenares.

Mención aparte les merecía el tema de Jorge el Coco Castillo, personaje principal de la red de corrupción que se movió en todas las secretarías y direcciones generales del gobierno, para exprimir todas las dependencias y sacar el dinero en efectivo fuera del estado con los aviones que compraron sus allegados.

En ese entonces pregunté sobre sobre las causas de las cautelosas respuestas de Alejandro Murat acerca del tema de la corrupción y el castigo, y los entrevistados respondían puntuales: No los queremos espantar y levanten el vuelo, no queremos que huyan; necesitamos unos presos en Oaxaca.

Afirmaban que la política anticorrupción del presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional, Enrique Ochoa Reza, “va en serio y en Oaxaca tendremos al primer exgobernador perredista enjuiciado; ya tenemos a un exgobernador panista en la cárcel y pronto caerá el expriista exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, necesitamos un perredista y ése será Gabino Cué”.

Los entrevistados manifestaron que si la corrupción en Veracruz fue escandalosa, la de Gabino Cué y sus allegados en Oaxaca era brutal: Todavía no sabemos a ciencia cierta a cuánto asciende la deuda bancaria de corto y largo plazo, menos la bursátil y poco a poco estamos conociendo el tamaño de los adeudos con contratistas y proveedores, explicaban.

Según los operadores del entonces gobernador electo, Alejandro Murat, el gobierno de Gabino Cué hedía a podredumbre y donde quiera que se le apretaba brotaba la mugre y la pus: “No se salva nadie, todos los funcionarios vinieron a saquear al estado, no hubo orden administrativo, hay muchos vacíos documentales y ni qué decir de los espacios públicos concesionados”, manifestaban.

Seis meses después, los carniceros de ayer son las reses de hoy.