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Acceso a enervantes en Oaxaca, «cosa fácil»

Citlalli Luciana

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Sus ojos parecían sumidos en un profundo túnel. El viaje entre la penumbra conducido por la heroína, topó frente a unos pies encostrados. La mirada sintió repulsión, pero siguió observando descubriendo al ser en el que se había convertido; flacucho, desaliñado, sucio, por el consumo de drogas.

La euforia que le producía inyectar sus venas volvió en su contra. Lo despertó frente a una realidad amurallada por cuatro paredes grises de una habitación de azotea, en donde él se encontraba sentado al filo de un colchón viejo y maloliente, soportado por cartones y lonas rescatadas de la basura.

“El verme me dio mucho miedo; en ese instante volteo a mi alrededor y me doy cuenta que no tengo nada. En ese momento quise salir. Afuera estaba oscuro, no sabía a dónde ir. Algo dentro de mí me dijo: hoy es 13 de febrero; hoy cumples 27 años. Y es en ese momento que me doy cuenta que perdí todo, que no tengo nada”, recuerda Hugo, a ocho años de rehabilitación.

Su mente regresa en el tiempo. Lo remonta a sus 11 años, edad en la que tuvo su primer contacto con el alcohol, en compañía de sus compañeros y maestro. Después del alcohol vinieron otro tipo de drogas como resistol cinco mil, mariguana, cocaína y heroína.

Juan lleva dos años y medio de rehabilitación en el Centro Armonía, Drogadictos Anónimos, A.C. en Oaxaca. FOTO: Emilio Morales

“Al principio fue para convivir, era como sentirme aceptado entre ellos. A los 13 años ya había probado el thiner por curiosidad. Cuando decido drogarme de una manera continua fue a los 14 años. En casa se daban cuenta pero no querían aceptar la situación, nunca creyeron que se fuera a convertir en un problema además de que mi madre trabajaba todo el día”.

Hugo tiene hoy 35 años, además de trabajar, cursa la carrera en contaduría. Su meta es ejercer una profesión. Aunque para él la vida de adicción y delincuencia ha quedado atrás, la mantiene presente, pues, afirma “tengo que valorar mi propia experiencia para no repetir otra vez. Tengo que valorar todo lo que tuve que vivir”.

Dentro de aquél mundo, sin darse cuenta, Hugo perdió familia y trabajo, ya no podía solventar los costos de alquiler de vivienda y poco a poco fue vendiendo sus pertenencias con la finalidad de comprar drogas. En poco tiempo estaba viviendo en las calles, dedicado al robo. “Muchas veces robé, delinquí porque era la única forma en la que podía subsistir”.

El primer paso para la rehabilitación es aceptar el problema y querer cambiar. FOTO: Emilio Morales

Primer contacto, en la infancia y adolescencia

Juan de Dios Acevedo, responsable del grupo Armonía Drogadictos Anónimos A.C. explica que el primer contacto con las drogas se da en la infancia. Aunque no se tienen cifras reales del crecimiento de consumo de drogas en el estado, la cifra de personas que llegan al centro de rehabilitación es mayor cada año.

En promedio -explica- el consumo de drogas se da entre los 17 y 23 años de edad, sin embargo, se conocen casos de niños y niñas con adicciones desde los 11 años. La curiosidad, dejarse influenciar y la desintegración familiar son parte de los motivos que llevan al contacto con estupefacientes.

La primera droga de contacto es el alcohol y el tabaco, a ésta le sigue el consumo de mariguana y va escalando hasta depender de drogas sintéticas como la heroína y cocaína.

La mariguana es la primer droga de inicio. Su consumo es adictivo y peligroso. FOTO: Emilio Morales

El acceso en la entidad -asegura-  el acceso es fácil tanto por la producción como por ser una zona de rutas comerciales. “Es fácil, mucha gente se dedica a eso. En algunos casos hasta llegan a domicilio”.

Juan de Dios asegura que, al ser un juego peligroso, la mejor herramienta de prevención es aprender a decir NO y alejarse. Otros factores de prevención son la unidad y el fortalecimiento de valores al interior de la familia, de la misma manera la responsabilidad, respeto y honestidad.

“La entrada al mundo de las drogas es muy ancha, la salida, no cualquiera, cuesta mucho trabajo porque implica ir en contra de ciertas comodidades, pero si el deseo de dejar las drogas es sincero, es posible”

Tocar fondo

La mirada de la madre se plantó sólida en los ojos de Pedro. Las palabras fueron aún más severas. Se desplomaron con la fuerza de un látigo. “Prefiero verte muerto para tener un lugar en dónde encontrarte y llorarte ahí, que ver cómo te haces daño”. Pedro odió aquellas palabras, pero fue el punto de partida para decidirse a cambiar.

“Tengo 39 años. Mi primer contacto con las drogas fue a los 14 años, empecé con la mariguana, solvente, cocaína, piedra y pastillas. ¿Cómo llegué a esto?, pues por pura curiosidad, estaba desconectado en comunicación con mis padres. Tomando, me invitaron un cigarro de mariguana, me gustó y empecé a fumar frecuentemente. Así duré como 18 años. Independiente del daño físico, vives desintegración con la sociedad porque pierdes amistades, familia, porque empiezas a ser como un foco de infección”, expresa.

El hombre lleva 12 años en rehabilitación. Aun cuando desde entonces no ha vuelto a caer en la adicción no se considera una persona curada, pues la filosofía de quienes viven en este proceso es que las drogas son una enfermedad para hoy y para toda la vida, que es progresiva y mortal.

Las drogas son una fuente de destrucción. Decir NO, es la mejor herramienta de prevención

Fabián tiene 21 años. A los 11 fumó por primera vez. El primer contacto con las drogas ilegales ocurrió a los 13 años en compañía de compañeros de secundaria. Fabián al igual que su hermano vivían dentro de una familia sin complicaciones económicas. Ambos cayeron en las adicciones.

Envuelto en las adicciones, los jóvenes dejaron la escuela. Comenzaron a robar y mentir para poder obtener dinero. Su estado de humor fue empeorando al igual que los problemas con su madre a quien “en una ocasión estuve a punto de golpear debido a las drogas”.

La ayuda la encontró a tiempo. A los 19 años decidió ingresar a un grupo de ayuda mutua.

La de Juan es otra historia. Él tiene 29 años. Lleva 2 años y medio de rehabilitación. Sobre su maleta de recuerdos y vivencias carga un pesado equipaje que comenzó a llenarse desde los ocho años. Su vida infantil estuvo marcada por el abandono de sus padres y la violencia de la que intentó escapar a través de las drogas.

“Durante un tiempo fui víctima de trata de personas. Me acuerdo que me llevaron a Puebla a trabajar. Ahí estuve unos seis meses y me escapé, Aprendí a vivir en las calles, cargaba bultos para poder comer y poco a poco fui cayendo en el consumo de alcohol y drogas. Consumí de todo, delinquí para conseguirlas, abusé de la confianza de las personas que me brindaban ayuda, y aún así hubo una persona que me ayudó para que a este día pueda estar en recuperación”, expresa.