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La cultura democrática y la partidocracia

Fue a partir de los años 70s, cuando la sociedad mexicana decidió ser un conglomerado democrático, toda vez que las acciones gubernamentales ahogaban a la mayor parte de los estratos sociales. Recuérdese que al inicio de aquella década, todavía estaba fresca la tragedia del 68 en el ánimo de la sociedad.

La respuesta a esa asfixia social fue la apertura democrática que, paulatinamente, abrió las puertas a la formación de nuevos y diferentes partidos políticos, y al impulso de efectivas reformas que impactaron a la Constitución Federal como al Código Federal Electoral.

Lo sucedido en los 70s, fue el resultado de la demanda política de la sociedad mexicana, que nadie pudo detener, porque el mundo y sus naciones se inclinaron a favor de la ampliación e instauración de sistemas más democráticos, sobre todo, en la Europa del Este, en América Latina y en África.

Las demandas de la sociedad mexicana pugnaron por la formación de un sistema de partidos políticos, que permitiera e impulsara la participación ordenada, pacifica, pero a condición de que se fortaleciera el juego democrático de la sociedad civil.

Puede afirmarse que, en lo general, el marco social de aquella época tuvo presente el que los partidos políticos tocan con un pie al Estado y, con otro a la sociedad civil; es decir, como organización política ni pertenece al Estado o al gobierno, pero tampoco significa que un partido represente estrictamente a toda la sociedad.

De esta forma, se inició en México un lento proceso de formación y conformación de fuerzas políticas organizadas, que enarbolaron ideologías y plataformas políticas diferentes. Hoy, a 47 años a la distancia de aquella histórica demanda de los años 70s; el universo social registra, por lo menos, 9 partidos políticos nacionales, más los estatales e incluso, los municipales, a traves de planillas, que también juegan y que son observados y evaluados por la sociedad civil a pesar de que la mayoría no conocen sus principios, sus plataformas político-electorales y, mucho menos, las ideologías porque simplemente carecen de ellas. De ahí la pobreza de sus conductas políticas.

En el presente, la sociedad civil tiene idea clara de lo que estos partidos harían si se transformaran en gobierno. Por ejemplo, si Morena fuera gobierno y AMLO, presidente de la Republica, el nuevo aeropuerto en proceso de construcción de la Ciudad de México, seria cancelado y, en su lugar se implementaría, como aeropuerto internacional, el de la Base Militar de Santa Lucia, tal y como lo afirmó hace unos días el mismo AMLO; ignorando que no está permitido por las normatividad internacional, que funcionen dos aeropuertos al mismo tiempo, como sería el caso de el de la CDMX y Santa Lucia, según AMLO.

No quiero imaginarme lo que sucedería con el resto de las instituciones mexicanas si Morena llegase a ser partido en el poder; aunque hay que reconocer que podría ser peor que en el presente, pues se correría el riesgo de que la cuerda se rompa.

De la década de los 70s al presente han ocurrido muchas cosas, desde acontecimientos fatales hasta las alternancias en las instituciones gubernamentales, tanto en la presidencia de la República como en las mayorías que se convirtieron en minorías en las cámaras legislativas.

Los muchos y variados sucesos políticos en México, sin duda, hicieron su efecto durante todos estos cuarenta y tantos años que fueron moldeando a la sociedad civil; tornándola más demandante, más participativa y competitiva y forzando a los dirigentes partidistas a mostrar lo que tenían oculto y lo que han hecho en las responsabilidades que les fueron confiadas.

En la mayor parte de los casos los resultados han sido negativos, los actos de corrupción aumentan a diario descubriéndose enriquecimientos ilícitos, sociedades oscuras, alianzas con carteles y compañías amantes del soborno, OHL es ejemplo indiscutible.

En cuanto al nivel político e ideológico de los dirigentes partidistas, nos encontramos que el discurso político y el debate que utilizan no lo son pues los convirtieron en enfrentamientos verbales personales, en injurias y acusaciones, que llevan a las contiendas electorales a la relación de amigo o enemigo, como está ocurriendo en el Estado de México.

La participación de los partidos políticos en México se desvió por el abuso y corrupción de varios de sus integrantes y dirigentes, y por la ausencia de ideologías que deberían nutrir el bienestar de las mayorías. Los partidos se convirtieron en auténticos negocios familiares, de grupo, o de gremios. Y se le dio la vuelta a un sistema que estaba llamado a ser la respuesta a la demanda democrática de la sociedad en la década de los 70s; para dar paso a la partidocracia que esta sepultando las aspiraciones democráticas de una sociedad civil traicionada.

Sociedad civil que se cansó de esperar respuestas a sus esperanzas, a las promesas de campañas de los candidatos partidistas que nunca se cumplieron. Sin embargo, no todo está perdido pues la partidocracia al colmar la paciencia del electorado solo espera los días electorales para cobrar las facturas pendientes con votos de castigo.

De manera que, la sociedad civil debe estar muy alerta a los próximos sucesos electorales y tener presente, que la estabilidad de la democracia no solo descansa en las promesas económicas de los hoy candidatos, sino en la legitimidad de sus procesos políticos.

Tener presente, que el desarrollo económico se mide en resultados tangibles y en la efectividad de los instrumentos, pero no sucede lo mismo con el quehacer político cuya aceptación o rechazo lo determinan juicios de valor y hasta sentimientos- Morelos escribió en Sentimientos de la Nación valiosos pensamientos que no hay que olvidar-.

Es por ello que el tránsito por la partidocracia debe ser superado si es que se desea legitimar la aceptación de las mayorías y, una vez superado, revalorarlo y legitimarlo; pero a condición de que los partidos políticos modifiquen formas y conductas de sus dirigentes.

Gobierno, partidos políticos y sociedad civil están obligados a rescatar al sistema político mexicano y, además, prestigiarlo para no continuar siendo sinónimos de corrupción.