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Magnicidio

Conforme pasan los días, las semanas y los meses; conforme pasa el tiempo, y cada minuto a mayor velocidad; los acontecimientos políticos importantes se aproximan y, con ellos, se intensifica el quehacer político de los que ya contienden, de los que desean hacerlo y de los que, sin duda, lo harán.

Uno de ellos, el que jugará por tercera ocasión, es Andrés Manuel López Obrador, lo cual no es novedad alguna. La mayor parte de la nación lo sabe, lo conoce, se entera de su incansable actividad política debido a que recorre el país constantemente. Ha estado en campaña electoral 12 años sin ser candidato a la presidencia de la República. Sin embargo, extraoficialmente lo ha sido todo el tiempo sin que nadie se atreva a impedirlo, y mucho menos el Instituto Nacional Electoral debido a que, desde hace tiempo, el conductor de Morena, partido que el formó palmo a palmo, mandó al diablo a las instituciones y a sus dirigentes.

De manera que, a este personaje de la política mexicana, se le teme, se le quiere, se le odia, se le sigue y, por tercera ocasión se pretende detenerlo en la carrera hacia la presidencia. Tan es así, que en la medida en que los acontecimientos políticos se aproximan, los comentarios sobre la posibilidad de que gane la contienda presidencial crecen, igualmente, aumentan los tremendistas que no desean verlo al frente del país, como recientemente lo expresara el senador republicano por Arizona, John McCain y, por supuesto, todo aquel que le teme y lo odia, pero lo respeta.

Es por ello, que no es raro escuchar en las mesas de los restaurantes y cafeterías los comentarios en voz alta que, obviamente, sorprenden y asombran como los siguientes: “La única forma de que el Peje no llegue es que se lo echen”. “Lo van a matar”. “No lo van a dejar llegar porque es un peligro para México”. “Si el Peje llega va a pasar lo mismo que en Venezuela”. Por su parte, algunos columnistas no se quedan atrás presagiando, incluso, que México no aguantaría un magnicidio.

El tremendismo crece, se multiplica y hace su impacto al transformarse en rumor que es hijo de la intriga y hermano de la calumnia. Eso es lo verdaderamente peligroso, pues crea temor, inseguridad y desconfianza entre la población y en las instituciones.

Es por ello, por lo que está sucediendo con el crecer de los rumores, y de las mantas con leyendas amenazantes, que me explico porque el conductor de Morena salió al paso de las perversas especulaciones el pasado 8 de mayo en el mitin efectuado en Naucalpan, Estado de México, donde López Obrador acompañaba a la candidata de Morena, Delfina Gómez.

Al hacer uso de la palabra y parafraseando a Manuel Clouthier, López Obrador advirtió, “Líder no va a faltar y eso es lo que les puedo decir”. Hizo el compromiso de que no traicionará a sus seguidores y “si en el camino nos caemos, nos derrumbamos”, ¡nos levantamos! “Ahí donde caigamos vamos a quedar, pero siempre mirando el ideal de justicia y de la democracia. Van a venir otros siempre, porque esta es una historia, la lucha por la justicia, sin fin, porque van a venir nuevas generaciones y van a seguir luchando”.

¿Porque habló de caer, de derrumbarse, de faltar? ¿Porque habló con lenguaje de los 60s, en el sentido de que “si caemos, otros vendrán”? “Otras generaciones tomarán el liderazgo de la lucha contra la injusticia”. Me pareció escuchar al Che, o a Fidel en la Plaza de la Revolución, en la Habana, previniendo al pueblo de un ataque del imperialismo yanqui.

Este mensaje me comunica dos cosas, una: el que se conozca, ampliamente, el riesgo que AMLO está corriendo y los escollos que acechan su candidatura, incluyendo el magnicidio, tal y como lo advierte en su mensaje del pasado 8 de mayo durante el mitin citado.

Dos: mensaje impactante, fatalista, usado como estrategia política para aumentar la simpatía por su candidatura y el favor de los sufragistas, al evidenciar que, en efecto, existen amenazas contra su vida, a fin de impedirle llegar a ser presidente de México.