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Los primeros cien días

¿Quiénes escriben la historia? ¿Los gobiernos? ¿Los caciques? ¿Los ex gobernadores? ¿Las mafias sindicales? ¿El pueblo? ¿Quiénes?

Los historiadores opinan que la escribimos todos; los políticos afirman que los gobiernos; los ideólogos aseguran que los vencedores para luego establecer la paz, las leyes y reglas que le den validez legal al territorio.

Señalar quiénes es aventurado, pues la pregunta misma constituye el dilema. Así que, lo conveniente, seria guiarnos por lo pragmático; por la realidad que a diario nos asalta o nos salva. En consecuencia, lo conveniente seria, que cada uno escriba su historia desde Los primeros cien días.

¿Por qué los cien días, Cent-Jours, o La campaña de Waterloo? Porque esta odisea se inicia el 20 de marzo de 1815 cuando del exilio en Elba, Napoleón retorna a Paris para tomar las riendas del poder de su Imperio; pero que culmina al cumplir Los primeros cien días de gobierno, el 28 de junio de 1815.

Otro dato histórico, como periodo especial, fue el de los años treinta cuando la Gran Depresión azotaba a los Estados Unidos, etapa en la que el Presidente, Franklin Delano Roosevelt, promocionó leyes que cambiaron el derrotero del país en donde 10 mil bancos habían quebrado después del colapso de la bolsa de valores en 1929 y la cuarta parte de los trabajadores estaban parados, sin empleo y sin comida. (“Nada que Temer”, Adam Cohen).

Estos dos datos, fueron el inicio de lo que hoy conocemos por Los cien días de gobierno. Días que, en lo general, son difíciles para establecer planes y programas de un proyecto político que implica un desafío para poner en marcha las promesas ofrecidas en los días de campaña.

En Oaxaca se han ha cumplido Los cien días de una administración que se encontró con un gobierno desbaratado, quebrado y arrastrando peligrosa crisis social, alarmante, violenta, políticamente discutida al haberse pisoteado leyes constitucionales en los tres poderes de gobierno; crisis de tal magnitud que obligó a los asesores gubernamentales a realizar malabares para poder instalar el nuevo gobierno.

En la oscuridad de la noche, a hurtadillas, en la sospecha y en secreto, se juró “Guardar y hacer guardar la Constitución del Estado”. Tal era la realidad de Oaxaca, en aquellas horas cruentas, de enojo, de malestar, de incredulidad ante la realidad actuante.

Establecido, a codazos y empeñones, el nuevo gobierno inició labores con los peores augurios de amigos y enemigos; predominando el resentimiento en un proceso dialéctico de haber sido, ya no ser y querer volver a ser, y que asombraría al propio Hegel. El gabinete de inicio es, por naturaleza, la línea defensiva que le toca hacer la prueba del acido. Duramente criticado al principio por su falta de experiencia; de capacidad y conocimiento del entorno, y pasadas unas semanas, por no haber respondido a la confianza en ellos depositada.

Señalar, una vez más, las fallas cometidas por los funcionarios seria amarillismo, ya que a diario los plumíferos nos dotan de amplia información al respecto. Así que, prefiero quedarme con el acto frío y objetivo de un número bajo en la tabla de calificaciones de esa parte del gabinete de los Primeros cien días, que no ha cumplido con el Ejecutivo que los nombró ni con la población que paga sus salarios.

Este incumplimiento de la responsabilidad en las funciones de gobierno es delicado porque afecta las acciones del Estado en cada uno de los 570 municipios que lo integran. De tal forma que el Ejecutivo viene siendo el responsable de que el equipo de gobierno acate el cumplimiento de las leyes y reglas de gobierno, más aun, cuando la presión de la crítica y las demandas sociales aumentan a diario.

Juárez fue grande porque supo aplicar su talento para elegir a los más aptos para que lo ayudaran a soportar la carga de la república llevada a cuestas acompañado de la lealtad y sabiduría de Melchor Ocampo.

Luego entonces, un gabinete de primera línea es lo que una administración necesita, a fin de continuar la tarea de gobierno y poder cumplir las promesas de campaña como son: terminar las carreteras abandonadas por las constructoras; conseguir los dineros para continuarlas; hacer frente a las protestas y presiones de las mafias sindicales, así como a las demandas de estudiantes normalistas para obtener plazas en automático; presiones de los caciques; las exigencias de la ciudadanía para hacer que la justicia se aplique y juzgue al ex gobernador Gabino Cué y su pandilla responsables de la rapiña del estado; soportar las presiones de los que fueron y quieren volver a ser y, en fin, todo aquello que representa el lance de gobernar una vez ejercidos los cien días de gobierno.

Por lo tanto, el gobierno de los cien días está obligado a ganar el liderazgo de una población, a condición del cumplimiento de las acciones que la beneficien, y la aplicación de justicia contra quienes arruinaron las arcas del estado. De no hacerlo, la historia que se escribe dejará malos recuerdos.