El loco los trae locos

Aunque la Presidencia de la República y la Secretaría de Relaciones Exteriores, a través de sus voceros, niegan rotundamente que en la conferencia telefónica de la semana pasada entre el presidente de México y el presidente de Estados Unidos, haya habido un “calambre” disfrazado de ayuda militar para acabar con los “bad hombres” de nuestro país. La duda prevalece debido a las versiones de la Associated Press (AP) y de Dolia Estévez, periodista que difundió la nota de la conversación telefónica de los presidentes y la negativa de la Casa Blanca en torno a las versiones difundidas. Hasta ahora, es lo que se sabe. Respecto al reclamo de los medios y de las voces públicas respecto a que México y Estados Unidos den a conocer la conversación telefónica de los mandatarios; la respuesta de Los Pinos fue “no hay grabación”; la Casa Blanca si la tiene y ya filtró a los medios partes de la misma.

En consecuencia, la sospecha pública prevalece; el ruido aumenta ante otra “sacada de lengua” del provocador. Pero solo eso: usar a los medios para hacer ruido utilizando el desafío, la majadería, las amenazas veladas y las pistolas al cinto como pésima versión de The Duke (John Wayne).

Repasar la historia del país le haría bien al presidente Trump, a fin de no cometer tan continuos dislates en dos semanas en el cargo. El repudio mundial contra el presidente Trump crece como tempestad en época de huracanes debido a sus disparates, ignorando que Estados Unidos es país de instituciones no dictadura de uno solo.

Y hablando de instituciones, un ejemplo histórico de claro origen institucional, tuvo lugar aquel fatídico 7 de diciembre de 1941, cuando el Imperio Japonés atacó la base naval más importante de Estados Unidos en el Pacifico, Pearl Harbor. Este hecho de guerra del que bastante se ha escrito y filmado, permitió que el Congreso estadounidense autorizara al presidente Roosevelt entrar a la Segunda Guerra Mundial; participación que, hasta ese momento, se le había negado pues el 75% de los habitantes se oponían a que el país participara en el conflicto y, por lo tanto, el Congreso no lo autorizaba.

Se ha comprobado por historiadores e investigadores académicos que, en efecto, el gobierno estadounidense si sabia del ataque japonés pero que lo ignoró para tener motivo suficiente para ingresar al conflicto mundial.

A 70 años del ataque japonés a Pearl Harbor, no se debe olvidar el balance de pérdidas humanas y materiales de aquella agresión bélica. En 20 minutos de ataque 3,435 estadounidenses perdieron la vida, 1,178 resultaron heridos; 18 barcos fueron hundidos, cinco acorazados, entre ellos el USS Arizona, el cual fue tumba de 1,102 marineros al hundirse el barco tras haber sido bombardeado. El ejército perdió 188 aviones y 115 quedaron dañados durante el ataque al no poder despegar de las pistas. Por su parte, los japoneses perdieron a 55 pilotos, a nueve tripulantes de submarino y 29 aviones que fueron derribados por los cañones americanos.

El objeto de recordar el hecho histórico es no olvidar que los desafíos verbales son eso, bravatas del chico malo de la cuadra, pero llegar a los hechos como el de Pearl Harbor es algo diferente, pues se requiere de varios elementos en que las instituciones de las democracias son las que señalan la ruta y la conducta de sus empleados, incluido el jefe de estado, aun siendo comandante en jefe. Las instituciones son el resultado civilizado de la cultura, educación y prosperidad de las naciones para conformar el estado democrático.

Los costos de los hechos equivocados pueden ser muy altos como para que un solo hombre los ordene. De tal suerte que al bad boy of the block no hay que tomarlo muy en serio ni hacer tantas olas por sus declaraciones alocadas. No descuidarlo y estar alerta haciendo públicas sus locuras, desde luego, pues un loco puede volver locos a los que están cuerdos e intentar comerse la Constitución con jueguitos militares. No hay que jugar con fuego presidente Trump, pues hay riesgo de salir quemado.