La asombrosa historia de un chiquillo juchiteco

Esta mañana quisiera contar, aquí, la asombrosa historia de un chiquillo juchiteco, oaxaqueño de cepa, gente venida desde abajo, hijo de una familia asentada en Minatitlán, y alumno que no acertaba a terminar su educación secundaria: halagos iban, amenazas venían, pero con todo y eso Francisco no podía con la secundaria.

Su historia se parece, en mucho, a la de otro chamaco, hijo de pobres, también, que un día de tantos, siglos atrás, fue sorprendido por Cimabue, en una calle polvorienta de Florencia, cuando pintaba el boceto de una vaca, del natural, valiéndose para ello de un simple pedazo de carbón y de su genio. Ese niño era Giotto.

Pero no nos desviemos del tema. Toledo, niño, no copiaba vacas del natural; Francisco pintarrajeaba sin ton ni son las paredes de su humilde vivienda, con tal dedicación que su abuelo, al regañarlo un día, tan sólo acertó a decirle, malhumorado:

“¡hubieras sido hijo de un albañil, con lo que te gusta embadurnar las paredes…!”

Su padre, al ver que la humilde vivienda ya no tenía más muros en blanco para que Francisco pintara, concibió la idea de enviarlo a cursar la secundaria, una vez más, en Oaxaca.

Afirma Graham Greene, en «El Poder y la Gloria«, que todos nos topamos, en algún momento de nuestras vidas, con una puerta que, al franquearla, conduce hacia el camino por el cual transcurrirán de ahí en adelante nuestras respectivas existencias.

Una vez en Oaxaca, Toledo se halló muy pronto parado frente a esa puerta. Y la franqueó. En aquellos tiempos la secundaria incluía arte como materia obligatoria. Ahí, en el Instituto de Bellas Artes, fue que este chamaco refractario a las demás materias inició sus estudios de pintura. Ahí aprendió a querer o no las rígidas normas de sus maestros, para después quebrantarlas gracias a todo lo que pudo absorber en París. En ese entonces Toledo ya tenía un estilo propio.

Pero no nos apartemos del tema. Oaxaca fue un avance para él, pero con todo y eso Francisco no pasó de año. En consecuencia, su padre determinó que el muchacho intentara cursar la secundaria, una vez más, sólo que ahora en la ciudad de México.

Los milagros existen. Francisco es testigo de ello. Era el año de 1957 cuando Roberto Donis, amigo del galerista Antonio Souza, y asiduo visitante a la casa de huéspedes donde Toledo vivía, acertó a contemplar algunos de sus trabajos, lo descubrió, lo conectó, y muy pronto Toledo expuso su obra gracias a Souza, y en 1959 lo hizo por primera vez en Estados Unidos. Lo demás ya forma parte de la leyenda…

Cuenta la leyenda que un jovencito llamado Francisco Toledo, hijo de un humilde zapatero, se vio de pronto vagando por las calles de Roma. Gracias a la venta de sus obras muy pronto decidió trasladarse a París donde siempre se han concentrado los grandes pintores de todos los tiempos. Aquí las hadas empezaron actuar y se presentaron ante Francisco bajo la apariencia de Olga y Rufino Tamayo. Ellos lo sustentaron cuando el dinero empezó a acabarse, y Octavio Paz hizo otro tanto al procurarle una habitación en la Casa de México.

Las vacas flacas no se hicieron esperar. Los Tamayo regresaron a México dejándolo muy solo. La Casa de México lo quiso expulsar, y un día de tantos despertó en una buhardilla miserable, sin baño ni calefacción, allá por la Rue du Bac. Los milagros se sucedieron. En esta misma época fue que Francisco Toledo expuso con Karl Flinker, y luego en Suiza, Londres, y Estados Unidos, siempre con éxito y buena crítica.

El maestro Toledo volvió a Oaxaca. Ahí, luchó por recuperar el idioma zapoteco, se casó, tuvo su primera hija, y trabajó, trabajó, trabajó..! A mí me gusta ver a Francisco Toledo cuando camina despreocupadamente por la calle. Metido en sí mismo, encuevado, vestido con tal humildad que uno quisiera imitarlo, Francisco va soñando con los ángeles que andan por el mundo, con las hadas, los duendes, los atlantes. Y uno, consciente de estos sueños, opta por hacerse a un ladito para no interrumpirlo.